¿Futuro?

Nos educaron para creer que todo pasa por una razón. Que el universo conspira. Que el fracaso es una lección disfrazada. Que el amor llega cuando menos lo esperás y que, si trabajás duro, algún día vas a poder comerte el mundo (o al menos un brunch en Santa Lucía).
Voltaire lo dijo mejor, y con más descaro: este es el mejor de los mundos posibles. Así que aguantá, sonreí… y seguí cultivando tu huerta.

Todo tiene relación, diría Cándido, en el mejor de los mundos posibles.

Porque si no te hubieran echado del castillo por amor a Cunegunda,
si no hubieras sido entregado a la Inquisición,
si no hubieras atravesado América a pie,
si no hubieras apuñalado al barón,
si no hubieras perdido todos tus carneros en Eldorado...
no estarías hoy comiendo mermelada de cidra con pistachos.

Muy bien dicho, contesta Cándido.
Pero lo importante —al final de todo— es cultivar nuestra huerta.

Voltaire, Cándido o el optimismo, 1759.

A lo largo de la novela, se repite la frase:
“…el mejor de todos los mundos posibles…”,
“…el nuevo mundo es el mejor de los mundos…”
Siempre rondando esa premisa: la eterna búsqueda de lo idílico.
Lo perfecto, lo bueno.
Ese giro de suerte que te hará rico sin esfuerzo,
ese éxito empaquetado y listo para consumir.

Pero entre más vivís, te das cuenta de algo:
que no hay final feliz,
que no hay Eldorado,
y que lo único que queda es resignarte y seguir trabajando.

¡Puto sistema!

 







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